jueves, 21 de septiembre de 2017

El traje del muerto - Joe Hill


Autor: Joe Hill
Nombre: El traje del muerto
Género: Terror
Páginas: 404

Reseña:

En el libro vamos a conocer a Jude Coynne, una estrella de rock retirada que vive en su alejada mansión junto a su novia Georgia, su manager Danny y sus dos perros, Angus y Bon. Jude es un amante de los objetos relacionados a lo sobrenatural, tal es así, que en su casa tiene gran variedad de estatillas, ídolos, símbolos y un sin fin de elementos de esta índole. Un día, su manager le avisa que en Internet se subasta un fantasma. Alguien está vendiendo un espíritu y Coynne no duda en querer adquirirlo. Finalmente se hace con él y al otro día el correo llega a su mansión, le entrega una caja en forma de corazón que contiene el traje del muerto. A partir de ahora la vida de Jude cambiará por completo, él que no creía en nada sobrenatural ni en fantasmas, pero desde que realizó la compra del traje, empezará a ver al muerto en todos lados, en el pasillo, en la puerta de su dormitorio, en la cocina y en cualquier lugar que él se encuentre.

Es el primer libro que leo de Joe Hill y quedé encantado, fue una gran experiencia. La narrativa de la obra es muy llevadera, nos va metiendo en el argumento enseguida y en las primeras páginas quedé enganchado. Los personajes que encontraremos son pocos pero cada uno de ellos es importante y serán vitales en la historia, me gustó cómo están construidos. El libro no me resultó largo ni corto, aunque quizá en algunas partes se me hizo un poco más lento, sobre todo llegando a la mitad, pero después fluye. Es una historia auténtica de fantasmas, con muchas referencias al rock and roll que lo hacen bastante entretenido. Hill se ganó mi respeto, es un autor que ha sabido armar su propio camino y poner su estilo, debe ser difícil ser el hijo de Stephen King y no vivir en su sombra, pero considero que Joe lo supo hacer y consagrarse como un escritor con su propio sello. Muy buen libro.

Calificación: 4/5

VIDEO-RESEÑA:


sábado, 9 de septiembre de 2017

La casa de los eucaliptus - Luciano Lamberti

Autor: Luciano Lamberti
Nombre: La Casa de los Eucaliptus
Género: Antologia/Terror/Fantástica
Páginas: 186
Editorial: Penguin Random House

Primer libro que leo del autor. Antología de doce relatos que van de lo fantástico al terror. 

Relatos:
1. Los caminos internos: Relato de apertura, no está mal, un médico que tiene que llegar a una casa pero pierde el camino y luego llega a un lugar bastante familiar pero perturbador. Me hubiese gustado un poco más de desarrollo del final, pero no es un mal cuento. 3/5

2. La casa de los eucaliptus: Relato que da nombre al libro, muy interesante. Tiene más desarrollo y se torna super intrigante, me encantó como va describiendo y formando al protagonista, combinación de horror psicológico y sobrenatural. El protagonista recibirá una visita extraña en la casa de los eucaliptus, que le dará unas extrañas y horrorosas tareas a realizar. 3.5/5

3. El tío Gabriel: ¿Qué pasaría si estas velando a tu tío y de pronto se levanta? Este relato tiene una mezcla de terror con comedia y drama, me entretuvo bastante porque es disparatado, tiene algo de tragicómico que me pareció muy autentico, es cortito pero no está nada mal. 3/5

4. Los chicos de la noche: Este lo noté un poco más juvenil, pero la idea central está interesante. Sobre un joven Skater que se mete a patinar por la noche pero descubrirá algo aterrador. Es un terror fantástico. 3/5

5. El Espíritu Eterno: Este no me gustó. Me gusta como está narrado y ambientado, pero la temática del relato no es mi estilo. El presidente de la Nación descubre un secreto que guarda la Casa Rosada desde hace varios años. 2/5

6. Vida de E.: Este relato tiene un argumento interesante, que me hubiese gustado más otro tipo de enfoque, creo que daba para explotarlo mejor. 2.5/5

7. La ventana: Un relato curioso que me gustó. 3/5

8. Eddie: Este me hizo acordar a un creepypasta, me da más a relato juvenil pero se me hizo entretenido e interesante. 3/5

9. Muñeca: Creo que es un homenaje a "La Gallina degollada" de Horacio Quiroga, y la verdad es que estuvo muy bien. Un cuento realmente aterrador. 3.5/5

10. Acapulco: Me gustó, tiene un poco de todo, contiene terror sobrenatural, psicológico, real. Y me gustó la descripción de los personajes y la situación que enfrentaron. 3/5

11. Carolina baila: Interesante, aunque no me terminó de cerrar, pero considero que es bastante original. 3/5

12. Santa: Este creo que es el relato más distintivo del autor, en este relato a diferencia de los otros, sentí realmente lo que el autor quería transmitir. Me gustó la idea, la forma de narrarlo y todo lo que sucede. Es una crónica que realiza el narrador de distintos sucesos que presenció y averiguo sobre Alicia, una joven que tuvo experiencias con el "más allá". Creo que se le daría muy bien escribir un libro con este estilo. Mi favorito del libro. 4/5

No había leído nada de Luciano Lamberti, estoy feliz de haberme encontrado con el autor. Creo que no es fácil escribir terror en Argentina y encontrar un escritor local que lo haga merece todo el reconocimiento y apoyo. Es un buen libro, no creo que sea su mejor obra, pero no dudaré en adentrarme en sus otros escritos. Interesante antología con varios elementos de terror en sus diversas ramificaciones. Quizá algunos relatos me dieron la sensación de ser cerrados muy abruptamente, quizá sea la marca distintiva del escritor, es válido, pero me quedé esperando "un poquito más" en ciertos momentos. La narrativa me gustó, engancha al momento, va directo a lo que quiere decirte, puede describir y crear atmósfera sin generar confusiones, si bien en un relato todo es más acotado, en pocas paginas hace grandes cosas. Espero leer más de Lamberti, me ha gustado.

Calificación: 3.5/5


lunes, 21 de agosto de 2017

El Exorcista - William Peter Blatty


Autor: William Peter Blatty
Nombre: El Exorcista
Páginas: 318
Género: Terror

Reseña

Chris McNeill es una célebre actriz de cine que vine en la ciudad de Georgetown junto a su amiga Sharon, dos criados y su pequeña hija Regan, con quien lleva una relación muy afectiva, ella lo es todo para su madre. Su hija es una jovencita muy inocente, apegada a Chris como nadie, de esas personas que son "amor puro", sin ningún tipo de maldad, una niña ejemplar. Un día, mientras su madre hacía algunas tareas en su hogar, descubre en el sótano un tablero Ouija. Regan le menciona que ella ha estado jugando con dicha tabla y que habla continuamente con el "Capitán Howdy". Su madre no tiene ningún tipo de creencia religiosa, esto le resulta algo entretenido y le pide a su hija utilizar el tablero juntas, Chris quería conocer al Capitán, pero no resulta. A partir de aquí, comienza lo fuerte de la historia, Regan comenzará a cambiar su forma de ser misteriosamente, hechos extraños sucederán en la residencia McNeill, ruidos extraños, camas que se sacuden y olores putrefactos entre otras cosas. Nadie entiende que le sucede a la hija de Chris, ella agotará cada recurso que esté a su alcance para averiguar por qué se comporta así, ¿acaso es un tema psiquiátrico? ¿el Capitán Howdy es real?.

Opinión Personal

Es de esos libros que no pude dejar de leer. Cada página me resultaba demasiado intrigante, sumado a la narrativa de Blatty, que nos va incrementando la atmósfera cada vez más, vinculando hechos y situaciones durante la historia, haciendo que no sea un libro lineal, sino abarcativo en varios aspectos y eso lo hace exquisito. Quedé encantado con la temática del libro, aunque es un clásico y creo que casi todos conocen de que va el argumento y como se resuelve debido que también es una de las adaptaciones al cine de horror más famosas e icónicas. La introducción de los personajes, los cuales no son muchos, pero están perfectamente construidos es algo destacable del libro, en ningún momento noté relleno o páginas de más, todo lo contrario, me pareció lo justo y necesario en cada página, sin nada que quitar ni agregar. Sin dudas, una obra maestra del terror y de mis libros favoritos, lo recomiendo.

Calificación: 5/5

Video-Reseña:


jueves, 6 de julio de 2017

Corazones Pedidos - M.R James (Reseña+relato)

Hola a mis lectores del blog. En esta ocasión vengo a traerles la reseña de un relato de terror que me ha gustado bastante. Un cuento donde un pequeño huérfano de doce años es adoptado por su tío, quien encierra un misterioso y sombrío secreto que muy pronto se descubrirá.

Video - Reseña:


Corazones Perdidos - M.R James

Hasta donde recuerdo, fue en septiembre de 1811 cuando un carruaje se detuvo ante la puerta de Aswarby Hall en el corazón del condado de Lincolnshire. El niño, único pasajero, descendió de un salto si bien llegó y miró a su alrededor con un profundo interés, durante el corto intervalo que transcurrió entre el momento en que hizo sonar la campanilla y el instante en que se abrió la puerta. Lo que alcanzó a ver fue una casa de ladrillos alta y cuadrada construida en la época de la reina Ana, a la cual se había agregado un pórtico de pilares de piedra del estilo clásico puro de 1790; las ventanas de la casa eran numerosas, altas y angostas, con pequeños paneles y carpintería blanca y sólida. Completaba el frente una ventana circular. También logró ver un ala derecha y un ala izquierda que se conectaban con la construcción central por medio de extrañas galerías vidriadas. Allí se encontraban los establos y las oficinas de la casa. Cada ala estaba coronada por una cúpula decorativa con veletas doradas.

La luz crepuscular se reflejaba sobre el edificio de modo que los paneles de las ventanas brillaban como pequeñas fogatas. Frente a la mansión y algo retirado de ella se extendía un parque llano bordeado de robles y pinos, cuya silueta se recortaba contra el cielo. El reloj del campanario de la iglesia escondida entre los árboles al borde del parque, con la veleta iluminada por la luz, daba las seis y su dulce sonido lograba vencer al viento. La impresión que recibió el niño que se hallaba de pie en el pórtico esperando que le abriesen la puerta fue placentera, si bien a ésta se mezclaba ese tipo de melancolía propia de un atardecer de comienzos de otoño.

El carruaje lo había traído desde Warwickshire, donde vivía cuando quedara huérfano alrededor de seis meses atrás. Ahora venía a instalarse en Aswarby gracias al generoso ofrecimiento de su primo mayor, el señor Abney, que le había formulado dicha invitación para sorpresa de quienes lo conocían, pues todos sabían que era un ermitaño de costumbres algo austeras y que la llegada de un niño pequeño agregaría un elemento nuevo y aparentemente incongruente a la rutina metódica que caracterizaba sus días. En realidad, lo que sus vecinos sabían acerca de las ocupaciones o del temperamento del señor Abney era poco o nada. En cierta ocasión el profesor de griego de la Universidad de Cambridge había expresado que no existía alguien que supiera más sobre las creencias religiosas de los paganos que el dueño de Aswarby. Sin duda su biblioteca contenía todos los libros existentes sobre los Misterios, los poemas de Orfeo, el culto a Mitra y los neoplatónicos. En la antesala recubierta de mármol de su casona se erguía una escultura sumamente delicada de Mitras dando muerte a un toro, que el señor Abney había importado del Levante a un precio muy elevado y de la cual había enviado una descripción al Gentleman’s Magazine, además de escribir una serie de artículos notables para el Cronical Museum sobre las supersticiones de los romanos del Bajo Imperio. En suma, se lo consideraba un hombre que vivía para sus libros, y por lo tanto la sorpresa de quienes lo conocían se debía más al hecho de que se hubiese enterado de la existencia de su primo huérfano que a su decisión de invitarlo a vivir con él en Aswarby Hall.

Fuese como fuere la impresión que sus vecinos tenían de él, lo cierto era que el señor Abney –el alto, el delgado, el austero– parecía dispuesto a dar una cálida acogida a su joven primo. En el mismo momento en que se abrió la puerta de entrada, salió con prisa de su estudio frotándose las manos con un deleite anticipado.

–¿Cómo estás, hijo mío? ¿Cómo estás? ¿Cuántos años tienes? –le preguntó–. Es decir, eh…, espero que no estés demasiado cansado por el viaje como para no poder comer.

–No, señor, gracias –respondió el niño Elliott–, estoy perfectamente.

–Así me gusta –afirmó el señor Abney–. ¿Y cuántos años tienes, muchacho?

Resultaba un tanto extraño que hubiese formulado la pregunta dos veces en los primeros dos minutos de su encuentro.

–Cumpliré doce, señor –respondió Stephen.

–¿Y cuándo es tu cumpleaños, mi querido muchachito? El 11 de septiembre, ¿eh? Muy bien… Muy, pero, muy bien. Falta casi un año, ¿no es así? Me gusta –¡ja, ja!–. Me gusta registrar este tipo de datos en mi libro. Estás seguro de que cumplirás doce ¿no? Absolutamente seguro.

–Sí, por completo, señor.

–¡Bien, bien! Parkes, llévelo con la señora Bunch y que le sirva la merienda… o la cena, lo que sea.

–Sí, señor –respondió el formal señor Parkes; y condujo a Stephen al sector de servicio.

La señora Bunch era la persona más cálida y humana que Stephen había encontrado hasta ese momento en Aswarby. Lo hizo sentir perfectamente cómodo y al cabo de un cuarto de hora ambos se consideraban íntimos amigos, lo cual fueron durante el resto de sus vidas. La señora Bunch había nacido en el vecindario 55 años antes de la llegada del niño, y hacía 20 años que vivía con el señor Abney. Por lo tanto, si había alguien que sabía cómo era la vida en Aswarby y en los alrededores esa persona era la señora Bunch. Y por cierto disfrutaba mucho cuando tenía la oportunidad de dar cualquier información.

Por supuesto, había infinidad de detalles sobre la casa y el parque que, debido a su naturaleza aventurera y curiosa, Stephen deseaba saber. ¿Quién había construido el templo que se hallaba al final del camino de laureles? ¿Quién era ese señor que retrataba el cuadro colgado en las escaleras, sentado a una mesa con una calavera bajo la mano? Estas y otras preguntas recibían su correspondiente aclaración gracias al poderoso intelecto de la señora Bunch. Sin embargo, había otras cuestiones cuya respuesta resultaba muy poco satisfactoria.

Un atardecer del mes de noviembre Stephen se hallaba sentado junto al fuego en los aposentos de la señora Bunch, y reflexionaba acerca de la casa y sus alrededores.

–¿El señor Abney es un hombre bueno? ¿Irá al cielo? –preguntó de repente con la confianza absoluta que depositan los niños en la capacidad de los mayores para responder a este tipo de preguntas, en las cuales la decisión final recae en realidad en tribunales superiores.

–¿Bueno? ¡Por Dios, hijo! –repuso la señora Bunch–. ¡El señor es una de las personas más amables que he conocido jamás! ¿Nunca le he contado nada acerca del niño que recogió, que le dicen, de la calle, hace siete años? ¿Y de la niñita, dos años después de mi llegada?

–No. ¡Cuénteme sobre ellos, señora Bunch, ahora mismo!

–Bueno, en realidad de la niña no me acuerdo mucho. Lo que sé es que el señor la trajo a casa una vez después de una de sus caminatas y dio órdenes a la señora Ellis, el ama de llaves de entonces, como que tenían que cuidar mucho de ella. La pobrecita no tenía a nadie que la cuidara. Ella misma en persona me lo contó, y vivió aquí con nosotros algo así como tres semanas. Entonces, no sé si será porque tenía sangre gitana en las venas o qué, pero una mañana desapareció de su cama antes de que cualquiera de nosotros se despertase, y no he vuelto a saber nada de ella, nada, ni un rastro, desde entonces. El señor estaba sumamente molesto y ordenó que la buscaran en todos los lagos del parque; pero en mi opinión ella se fue con los gitanos, pues creí oír sus cantos durante alrededor de una hora la noche en que desapareció; y Parkes, él afirmó que les oyó llamando desde el bosque esa misma tarde. ¡Ay, Dios!… era una niña un poco rara, tan silenciosa y quietecita, pero a mí me conquistó, se acostumbró en seguida. Todo fue muy… sorprendente.

–¿Y qué pasó con el niño? –preguntó Stephen.

–¡Ay, el pobrecito! –suspiró la señora Bunch–. Era extranjero, se hacía llamar Jevanny y apareció un día de invierno tocando el organillo por el camino principal y resulta que el señor, en cuanto le vio, le ordenó entrar y le preguntó de dónde venía, y cuántos años tenía y cómo se ganaba la vida y dónde estaban sus familiares y estuvo muy amable con él. Pero a él le pasó lo mismo. Son todos así los extranjeros, todos indómitos, al menos eso creo, y partió una mañana igual que la niña Durante un año nos preguntamos por qué se había ido y qué le había pasado; pues no se llevó su organillo, que todavía está ahí sobre el estante.

El resto de la velada Stephen se dedicó a interrogar a la señora Bunch sobre temas sueltos y a tratar de arrancarle alguna que otra nota al organillo.

Esa noche tuvo un sueño extraño. Al final del corredor del piso superior, el de su habitación, había un viejo cuarto de baño en desuso que permanecía bajo llave. Sin embargo, la parte superior de la puerta tenía vidrio esmerilado y, como las cortinas de muselina habían desaparecido, se podía mirar a través de ella y ver la bañera con bordes de plomo fijada a la pared del lado derecho, con la cabecera hacia la ventana.

Esa noche el niño se encontró a sí mismo, según creyó, mirando a través del vidrio esmerilado. La Luna brillaba a través de la ventana, y él mantenía la mirada fija sobre una figura que yacía dentro de la bañera.

La descripción de Stephen Elliott acerca de lo que había visto allí dentro me hizo evocar mi visita a las famosas bóvedas de la iglesia de San Michan en Dublín, las cuales poseen la espantosa cualidad de preservar cadáveres de la destrucción durante siglos. Se trataba de una figura indescriptiblemente delgada y patética de un color plomizo terroso, envuelta en lo que parecía ser una mortaja, con los finos labios retorcidos en una tenue sonrisa horrorosa y las manos firmemente apretadas sobre el corazón.

Cuando la figura lo vio, sus labios dejaron escapar un quejido casi imperceptible y distante y sus brazos comenzaron a moverse. El terror que produjo en el niño semejante visión lo impulsó a retroceder, y fue entonces cuando se dio cuenta de que se hallaba de pie sobre el frío piso de madera del corredor bajo la brillante luz de la Luna. Lo que hizo a continuación indica que poseía un valor poco común entre los niños de su edad, pues se dirigió hacia la puerta del cuarto de baño para confirmar si la figura que había visto en sueños en verdad se hallaba allí. No la encontró y regresó a la cama.

A la mañana siguiente la señora Bunch quedó muy impresionada por el relato, y hasta se apresuró a reponer la cortina de muselina en la puerta esmerilada del cuarto de baño. Además, el señor Abney, que escuchó la historia del niño durante el desayuno, demostró un gran interés en ella y tomó notas acerca del tema en lo que llamó «su libro».

El equinoccio de la primavera estaba próximo. A menudo el señor Abney recordaba a su joven primo que las personas de la antigüedad consideraban que esa época del año constituía un momento crítico para los jóvenes, por lo cual Stephen debía cuidarse y cerrar la ventana de su dormitorio por la noche. También agregó que Censorinus había escrito algunos comentarios valiosos al respecto. Y, a decir verdad, en ese tiempo se produjeron dos incidentes que impresionaron enormemente a Stephen.

El primero ocurrió después de una noche difícil y agobiante para el niño, a pesar de que no lograba recordar ninguna pesadilla en particular.

Durante la tarde siguiente la señora Bunch ocupaba su tiempo en zurcir el camisón de Stephen.

–¡Válgame Dios, niño Stephen! –estalló irritada–. ¿Cómo se las ha arreglado para rasgar su camisón de este modo, en jirones? ¡Mire qué trabajo nos da a nosotros, pobres sirvientes que tenemos que zurcir y remendar para usted!

Por cierto, en la prenda había una serie de cortes o tajos aparentemente injustificables que sin duda requerirían la labor de una costurera habilidosa para su arreglo. Se hallaban en el lado izquierdo del pecho: largos tajos paralelos de unos 15 centímetros, algunos de los cuales no habían llegado a agujerear la textura del lino. Stephen no se hallaba en condiciones de explicar su origen, y solamente estaba seguro de que no se encontraban allí la noche anterior.

–Señora Bunch –observó– son iguales a los rasguños que hay en la parte de afuera de la puerta de mi dormitorio; y estoy absolutamente seguro de que no tuve nada que ver con ellos.

La señora Bunch le echó una mirada atónita, luego cogió una vela y se retiré a toda prisa de la habitación. Se la oyó subir la escalera y a los pocos minutos se la vio regresar.

–Bueno, niño Stephen –murmuré–, no me explico cómo es posible que esos rasguños y marcas hayan llegado a esa puerta… son demasiado altos para ser obra de un gato o un perro, y ni qué decir de una rata: juraría que son como las uñas de un chino (como nos decía mi tío que estaba en el negocio del té a nosotras cuando estábamos todas juntas). Si yo fuera usted, no le diría nada al señor, niño Stephen, querido; y recuerde cerrar la puerta con llave cuando se vaya a la cama.

–Siempre lo hago, señora Bunch, en cuanto termino de decir mis oraciones.

–Oh, qué buen niño: jamás deje de rezar sus oraciones y entonces nadie le podrá hacer daño.

Acto seguido la señora Bunch se dedicó a remendar el camisón rasgado, con breves intervalos de meditación, hasta que llegó la hora de irse a la cama. Esto sucedió una noche de viernes en marzo de 1812.

La noche siguiente, el dúo que formaban Stephen y la señora Bunch se vio aumentado por la aparición repentina del señor Parkes, el mayordomo, quien normalmente se guardaba las cosas para sí mismo. Este no vio que Stephen estaba allí: más aún, se encontraba alterado y más lento para hablar que de costumbre.

–El señor puede ir por su propio vino, si quiere buscarlo por la noche –fue su primer comentario–. Si debo hacerlo yo voy de día o no voy, señora Bunch. No sé qué podrá ser lo que hay allí: lo más seguro es que se trate de ratas o que sea el viento que entra en la bodega, pero ya no estoy tan joven como antes y no puedo ocuparme de eso como solía hacerlo.

–Pero señor Parkes, usted sabe bien que no es usual que haya ratas en la casa.

–No lo niego, señora Bunch, pero muchas veces escuché el cuento que narran los hombres que trabajan en los muelles, acerca de una rata que habla. Nunca le presté atención, pero esta noche, si me hubiese agachado y acercado el oído a la puerta de la última bodega, estoy seguro de que habría podido oír lo que ellas decían.

–¡Vamos, señor Parkes, no tengo tiempo para esas bobadas.! Ratas que hablan en una bodega…

–Bueno, señora Bunch, no me apetece discutir con usted: lo único que digo es que si se anima a ir a la última bodega y apoya el oído sobre la puerta, verá que lo que afirmo es la pura verdad.

–¡Qué tonterías dice, señor Parkes, y no son cosas que los niños deban oír! Asustará al niño Stephen.

–¡Qué! ¿El niño Stephen? –exclamó Parkes al darse cuenta de la presencia del muchacho–. El niño Stephen sabe bien cuándo estoy bromeando con usted, señora Bunch.

En realidad el niño Stephen entendía las cosas demasiado bien como para creer lo que decía el señor Parkes. Le interesaba, pero no le agradaba la situación; y todas sus preguntas para conseguir que el mayordomo le hiciera un relato más detallado sobre sus experiencias en la bodega de los vinos, resultaron infructuosas.

Hemos arribado al 24 de marzo de 1812, que fue un día de curiosísimas experiencias para Stephen. Soplaba un viento ruidoso que envolvía a la mansión y al parque en un manto de inquietud, cuando el niño se detuvo ante el cerco que bordeaba la finca. Entonces miró hacia el parque y creyó ver algo semejante a una procesión interminable de personas invisibles que pasaban delante de él llevadas por la fuerza del viento, acosadas, sin ofrecer resistencia alguna y sin rumbo fijo, luchando en vano por detenerse, por asirse a algún objeto concreto y así interrumpir la marcha para ponerse nuevamente en contacto con el mundo de los seres vivos del cual habían formado parte. Ese día, después del almuerzo el señor Abney le propuso:

–Stephen, mi niño, ¿crees que podrías venir hoy a mi estudio alrededor de las once de la noche? Estaré ocupado hasta entonces, y deseo enseñarte algo que está relacionado con tu futuro y que es de suma importancia para ti. No debes mencionar el asunto ante la señora Bunch ni ante cualquier otra persona de la casa Y sería conveniente que te retiraras a tu habitación a la hora de costumbre.

Por fin sucedía algo excitante en la vida de Stephen: se le presentaba la oportunidad de permanecer despierto hasta las once de la noche. Cuando llegó el momento de ir a su dormitorio en el piso superior, el niño pasó por el estudio y echó una mirada fugaz hacia dentro. Vio allí un brasero que en otras ocasiones había observado en un ángulo de la estancia pero que ahora se hallaba frente al fuego, y también divisó un copón de plata antiguo lleno de vino tinto depositado sobre la mesa, cerca del cual había unas hojas de papel escritas. Stephen observó asimismo que el señor Abney esparcía sobre el brasero incienso que tomaba de una cajita plateada y redonda, al parecer sin reparar en la presencia del niño.

El viento había cesado, la noche era tranquila y la Luna llena brillaba en todo su esplendor. Cerca de las diez de la noche Stephen se encontraba de pie ante la ventana abierta de su dormitorio y contemplaba el campo. A pesar de que la noche era tranquila, los misteriosos habitantes del bosque distante iluminado por la Luna aún no se habían calmado. De tanto en tanto llegaban a sus oídos, desde la laguna, los extraños gemidos de los desesperados caminantes. Tal vez se tratase del chillido de alguna lechuza o de las aves acuáticas, pero en realidad no se parecía demasiado a ellas. ¿Acaso se estaban acercando? Ahora el sonido provenía del extremo más próximo de la laguna, y en los minutos siguientes le pareció que se hallaba muy cerca de allí, entre los arbustos. De pronto los ruidos cesaron, pero en el momento en que Stephen se disponía a cerrar la ventana y dedicarse a la lectura de Robinson Crusoe, divisó dos figuras de pie en la terraza de piedra ubicada a lo largo del jardín: parecían las figuras de un niño y una niña, uno al lado de la otra, que miraban hacia arriba en dirección a las ventanas. Había algo en la niña que le hizo recordar su sueño sobre la figura que yacía en la bañera. El niño le inspiré un terror aún más profundo.

Mientras la niña permanecía inmóvil, esbozando una sonrisa y con las manos entrelazadas a la altura del corazón, el niño, de aspecto delgado, cabello negro y ropaje rasgado, alzaba las manos en una actitud amenazante que revelaba algo semejante a una sed insaciable. La Luna iluminaba sus dedos casi traslúcidos, y Stephen observó que sus uñas eran de una longitud alarmante y que la luz brillaba a través de ellas. Con las manos levantadas de ese modo, la figura constituía la imagen misma del terror. Sobre el extremo izquierdo de su pecho había una herida abierta y negruzca. Fue entonces cuando esos gritos desolados y desgarradores que había oído durante toda esa tarde en los bosques de Aswarby perforaron el cerebro de Stephen, más que su oído. Luego, la espantosa pareja se trasladó suavemente y sin emitir sonido alguno por la terraza de piedra, y Stephen los perdió de vista.

A pesar de que sentía un temor inenarrable, resolvió coger la candela y bajar hasta el estudio del señor Aswarby, puesto que se aproximaba la hora de su cita. El estudio o biblioteca se encontraba en un extremo del corredor del frente y Stephen, urgido por el miedo, no tardó demasiado tiempo en llegar allí. Pero lo que no le resulté tan fácil fue entrar. Estaba seguro de que la puerta no se hallaba bajo llave, pues la misma estaba colocada del lado de afuera, como siempre. El niño golpeó la puerta en repetidas ocasiones sin obtener respuesta: el señor Abney estaba ocupado y hablaba. ¡Qué! ¿Por qué trataba de gritar? ¿Y por qué el grito se le ahogaba en la garganta? ¿Habría visto también él a esos misteriosos niños? Ahora todo era silencio… y la puerta cedió ante los empujones frenéticos y aterrados de Stephen.

Sobre la mesa del estudio del señor Abney se encontraron ciertos papeles que aclararon la situación a Stephen cuando tuvo edad para comprenderlos. Los conceptos más destacados eran los siguientes:

«Era una creencia fuertemente arraigada entre los antiguos, en cuya experiencia en estos asuntos confío plenamente pues la pude comprobar por mí mismo, que si se llevan a cabo ciertos procedimientos que a nosotros los modernos nos resultan algo brutales, se alcanza un fascinante conocimiento de las propias facultades espirituales. Por ejemplo, si un individuo absorbe la esencia personal de cierto número de sus congéneres, puede lograr un completo poder sobre las órdenes de seres espirituales que controlan las fuerzas elementales del universo.

»Está registrado que Simon Magus podía volar por los aires, tornarse invisible o tomar la forma que desease con la “ayuda” del alma de un joven al cual, según la expresión difamatoria del autor de las Clementine Recognitions, había “asesinado”. Más aún, gracias a los escritos sumamente detallados de Hermes Trismegistus he descubierto que se puede llegar a resultados igualmente felices por medio de la absorción de los corazones de tres seres humanos menores de 21 años. He dedicado los últimos 20 años de mi vida, en su mayoría, a comprobar la veracidad de dicha fórmula, eligiendo como corpora vilia de mi experimento a personas cuya ausencia no ocasionara una pérdida sensible a la sociedad. Di el primer paso al eliminar a Phoebe Stanley, una niña de extracción gitana, el 24 de marzo de 1792. El segundo fue un jovenzuelo italiano errante llamado Giovanni Paoli, la noche del 23 de marzo de 1805. La última “víctima”, para emplear un término que me resulta sumamente repugnante, ha de ser mi primo Stephen Elliott. Le he asignado la fecha del 24 de marzo de 1812.

»El método más adecuado para lograr la absorción es arrancarle el corazón en vida, reducirlo a cenizas y mezclarlo con medio litro de vino tinto, preferentemente Oporto. Es conveniente ocultar los cadáveres de los dos primeros individuos: un cuarto de baño en desuso o una bodega de vinos será lo más apropiado para tal fin. Es posible que la parte psíquica de fantasma, cause ciertas molestias. Pero un hombre de temperamento filosófico –el único tipo de hombre apto para estos experimentos– será poco proclive a dar importancia a los débiles esfuerzos de estos seres en su intento de vengarse de él. Me causa una enorme satisfacción poder vislumbrar ya la existencia tan prolongada y libre que me proporcionará el experimento, si es exitoso; no sólo me colocará lejos del alcance de la (supuesta) justicia humana, sino que también eliminará casi por completo la posibilidad de que me alcance la muerte misma.»

El señor Abney yacía sobre su silla, con la cabeza echada hacia atrás y el rostro transfigurado por la furia, el temor y el dolor mortal. El lado izquierdo de su cuerpo había sufrido una herida lacerante, a corazón abierto. No había sangre en sus manos, y sobre la mesa se veía un cuchillo largo totalmente limpio. Tal vez había sido una fiera salvaje la causante de sus heridas. La ventana del estudio se encontraba abierta y el médico forense opinó que el señor Abney había encontrado la muerte bajo las garras de una criatura salvaje. Pero cuando Stephen Elliott examinó los papeles que ya hemos mencionado llegó a una conclusión muy diferente.

viernes, 2 de junio de 2017

El Hobbit - J.R.R Tolkien


Autor: J.R.R Tolkien
Nombre: El Hobbit
Paginas: 288
Género: Fantasía

Si hay algo asegurado al tomar un libro de Tolkien, es que nos sumergiremos en un mundo fantástico que nos hará vivir una aventura sin igual, lleno de experiencias únicas, personajes entrañables y un sinfín de desafíos por delante.

En la historia conoceremos a Bilbo Bolsón, habitante de Hobbiton, una bonita aldea donde el pasto siempre es verde y el sol brilla como nunca. Allí viven los Hobbits, unos seres más pequeños que los humanos, muy pacíficos que les gusta disfrutar de la vida, cuidar su dinero y fumar en sus pipas.

Bilbo vivía tranquilamente en Bolsón Cerrado, hasta que un día pasa por delante de su casa el gran mago Gandalf. Quien le comenta al hobbit, que esta a punto de embarcarse en una misión junto a un grupo de enanos y su líder Thorin, escudo de roble, pero les está faltando un miembro para completarse, un saqueador. El mago le propone a Bilbo unirse a ellos y formar parte de esta expedición, aunque el hobbit se niega rotundamente. Pero lo que no se imagina el pequeño ser, es que por causas inesperadas, Bilbo terminará siendo parte de esta aventura sin poder evitarlo.

Si nunca has leído a Tolkien, te recomiendo que esta sea tu primera historia, es un libro con una lectura amena y llevadera, no es muy extenso pero cada palabra es un deleite, la narración de Tolkien es de las mejores que he leído y queda demostrado en estas páginas. La construcción de los personajes es excelente, tanto su personalidad, como su aspecto, teniendo todos un rol significativo en la historia, haciendo que nos encariñemos con algunos y odiemos a otros. Los escenarios con los que nos encontraremos harán que nuestra imaginación vuele y nos hará sentir que estamos ahí mismo aventurándonos junto al Hobbit y sus amigos. No hay relleno, ni elementos incongruentes, es fantasía en estado puro y de la más alta calidad. Lo recomiendo leer antes de El Señor de los Anillos porque enriquece la historia de esta trilogía.

Calificación: 5/5

Video-Reseña:


sábado, 11 de marzo de 2017

Fabricantes de Vampiros - Alberto Laiseca (reseña+relato)

Hola mis estimados lectores del blog! hoy les voy a dejar la video-reseña y el relato completo del escritor argentino, Alberto Laiseca. Espero que les guste, me ha parecido un cuento excelente que nos hace delirar por completo con estos seres tan extraños y particulares que esconden más de un secreto de lo más siniestro.

Alberto Laiseca, escritor argentino, creador de numerosas obras y la destacada "Los Sorias"

Reseña: "Fabricantes de Vampiros"



Relato Completo: Fabricantes de Vampiros por Alberto Laiseca

Recorrían los caminos y los pequeños pueblos de la Alemania medieval. Eran tres: Severo, Angélico y Piadoso. Poseían dos carromatos que contaban con todos los elementos de su oficio. Allí también comían y dormían. Estos vehículos ostentaban carteles en su parte externa que decían: «Doctores en vampirismo», «Destructores de muertos que caminan, chupasangres y devoradores de carne humana». Pero con ellos ocurrían cosas raras, que movían a la suspicacia. En aldeas tranquilas, donde jamás ocurría cosa alguna, no bien llegaban los siniestros carromatos, se producía una ola de vampirismo. Chicas jóvenes eran encontradas desnudas, en sus camas, y sin una gota de sangre. Heridas en el cuello, que bien podrían ser producidas por dientes, o por cualquier otra cosa. Unos pocos hombres se encontraban en las mismas condiciones. Muy pocos hombres.

Como es natural, los aldeanos, muertos de miedo, llamaban a los «doctores» para el examen de los cadáveres. El diagnóstico era siempre el mismo: vampirismo. Y debía procederse de inmediato antes de que la enfermedad se propagase: estacas en el corazón, cortada de cabezas y llenar la boca del muerto (o de la muerta) con ajo. Curiosamente, las hijas de los muy ricos sobrevivían. También heridas en los cuellos y debilitadísimas, pero vivas. Cuando despertaban de sus desvanecimientos, sostenían haber sido violadas y dolorosísimamente mordidas por demonios horribles.

Los afligidos padres ofrecían fortunas a los «doctores» para que, mediante exorcismos, preservasen a sus niñas de nuevos ataques. En un latín que ellos llamaban «arcaico» (ni el cura lo entendía), trazaban sobre las víctimas lo que denominaban «un arco de luz y protección». Debía de ser todo cierto, pese al aire de charlatanería, puesto que las chicas no volvían a ser molestadas y, en poco tiempo, se recuperaban de la pérdida de sangre. El secreto de los «doctores» era muy sencillo. Habían inventado una larga y gorda jeringa de cobre, con émbolo del mismo material. Le adosaban una aguja también de cobre, con punta muy filosa y cortada en bisel. Esta última era demasiado gruesa como para insertarla en la vena, de modo que previamente se abrían paso con un cuchillo, pero tajeando con poca profundidad. Luego de desnudar a la víctima y violarla varias veces, procedían a sacarle litros y litros de sangre con la gigantesca jeringa. El líquido extraído se guardaba en grandes frascos que se cerraban de manera bastante hermética.

Seguramente practicaban, además, hipnotismo casero, alguna droga de esas que distorsionan la percepción, sumado esto a un chapuceo incomprensible en mal latín y disfraces de diablos cornudos. Las supersticiones de la época hacían el resto.

Si alguna chica violada sobrevivía (algunas debían hacerlo, puesto que, como dijimos, ello era parte del negocio), ella juraba haber sido poseída por el Príncipe de las Tinieblas en persona. Y lo peor es que se lo creía.
Con mucha frecuencia, a causa de estos contactos ilícitos, nacía un niño o una niña. El destino de estos desdichados era terrible: quieras que no, eran arrancados de los brazos de sus madres, y de las leches de sus pobres tetas, y quemados vivos.
Pero después de un mes de jolgorio —violaciones, dinero mal habido y asesinatos—, por supersticiosos que fuesen los aldeanos, ya muchos se empezaban a preguntar cómo, en un lugar tan tranquilo, todos los demonios se habían desatado justo con la llegada de los «doctores» Severo, Angélico y Piadoso.
Claro que ellos ya tenían preparada su obra maestra y despedida. Dijeron que el monstruo estaba presto para descargarse. La llegada de los «doctores» lo aterrorizó haciéndolo salir antes de tiempo. Ellos, con sus poderes, averiguarían en quién se había camuflado el maldito.

Para ello eligieron a una pobre vieja, medio loca y sin familia, que vivía en una cueva.

—¡Aquí! ¡Aquíííí…! ¡Aquí está el mal encarnado! —gritaron los tres benefactores.

A una orden de Severo, la anciana fue desnudada («Porque el demonio puede esconderse en un pedazo de ropa»). La ataron sobre una mesa formando una equis. La viejita protestaba débilmente. No entendía el porqué de tanta severidad para con ella. Estaba loca, sí, pero jamás le había hecho daño a nadie. Siempre por orden de Severo, Angélico y Piadoso, penetraron con sendas agujas de hierro los pezones de la pobre vieja. Pero sus alaridos no duraron demasiado: con dos fuertes enviones atravesaron la totalidad de los mustios pechos y llegaron al corazón. Dijeron que, en esa aldea al menos, habían cumplido con su deber. Subieron a los carromatos y partieron raudos antes de que los demás pudieran arrepentirse de su pasividad.

Por algo Severo era el jefe. De lejos el más inteligente de todos, no ignoraba que en esa oportunidad casi los pescaron. Todo había salido bien —en tal sentido la vieja fue providencial—, pero gracias a una enorme dosis de buena suerte. «La próxima vez no sé qué tal nos va a ir», razonó Severo y así se los dijo a sus ayudantes.

—¡Pero, Maestro! —protestaron Angélico y Piadoso—. ¿De qué vamos a vivir?

—No sé. De otra cosa. Debemos reformarnos y cambiar de vida. Este solo propósito de enmienda ya me hace sentir más bueno. Y por favor: recuerden siempre que el cielo ayuda a los suyos.

Reformarse era, pues, cosa decidida. Ahora bien, ¿la bondad cómo? ¿Qué camino, qué orientación le darían a la recién adquirida bondad?

—Lo mejor será fabricar un prostíbulo de chicas zombis.

Los otros se asombraron.

—Pero, Maestro… —protestó Piadoso débilmente—. Tengo entendido que la zombi no nace: se hace. ¿Usted sabe hacerlas?

—Por supuesto. En mis viajes por Italia visité Florencia. ¡Ah!, ésa sí que es una ciudad civilizada. Son los primeros en pintura, arquitectura, suplicios. Pero antes que nada dejen que les hable de las virtudes de la zombi por sobre cualquier otra mujer. Son trabajadoras inagotables, a quienes además se puede morder y pegar. Siempre sonríen y jamás protestan, cosa que las hace invalorables para cualquier cliente. Muchos terminan casándose con ellas. Nosotros lo permitiremos. Por un cierto y adecuado precio, claro está. Muchos hombres de vidas confusas han logrado paz, encarrilamiento y fe gracias a estas chicas. Incluso es un bien para ellas mismas, puesto que son liberadas de la tarea de pensar. Sus vidas se ordenan mediante la obediencia absoluta. Leo en sus caras la gran pregunta: «¿cómo?». En efecto: ¿cómo se logra este acto de alquimia?, muy sencillo. Mis amigos y maestros florentinos han inventado para los más difíciles interrogatorios un recurso magnífico. Lo llaman «el sueño italiano».

»La Inquisición hace ya mucho tiempo que sabe que de un detenido o detenida se puede obtener cualquier confesión mediante el muy simple medio de arrancarle las uñas o la totalidad de los dientes y muelas, uno por uno. Para los casos más grandes de reticencia, se procede a la introducción de un hierro candente en la vagina o en el ano. Pero así el paciente queda definitivamente deteriorado, se convence del todo de su error e incluso incurre en el mal gusto de morirse.

»Nada de esto, por lo general, ocurre con «el sueño italiano». Consiste en un alto cilindro que se abre longitudinalmente. Adentro está lleno de pinchos filosos, pero ha sido calculado para que no toquen a la víctima si ésta se queda quietita. A la chica, sea un ejemplo, se la mete desnuda y luego se cierran las dos mitades. Ya dijimos que si te quedas de pie, sin moverte, los filosos pinchos no te pinchan. Pero este estado de absoluta quietud no es natural. Todo en uno tiende a la movilidad y al jolgorio. Además alguna vez hay que dormir. Muslos, piernas, trasero, espaldas y pechos sufren dolores agudísimos que se van acentuando con el paso de los días. Algunas chicas sufren accidentes. Son las no aptas para la zombificación. Pero eso está previsto y siempre se puede hacer algo con ellas. Nuestros amigos habían juntado bastante dinero en sus correrías. Por otro lado, Severo resultó enemigo de las expansiones. Avaro, en realidad, y el que mandaba era él. De modo que compraron un buen trozo de tierra en las afueras de cierta aldea y mucha madera. Contrataron gente para levantar el Castillo del Placer. Éste iba a ser el prostíbulo de las zombis, naturalmente. Aquélla era una construcción altísima, contrahecha y que, si no se venía abajo, era gracias a la superabundancia de clavos. Resultaba una suerte de megalomanía idiota. Siempre en el interior del predio, pero en las afueras del castillo, cavaron un misterioso pozo de treinta metros de hondo.

En realidad, la fabricación de zombis costó mucho más de lo que se creía en un principio. Por de pronto muchas chicas se volvían locas con el encierro: falta de descanso, claustrofobia, histeria, a punto tal que ellas mismas se largaban contra los pinchos buscando la muerte. Las que no lo conseguían salían tan deterioradas que ya no podían interesar a hombre alguno. Pero tanto muertas como piltrafitas pateables eran aprovechadas por el ingenio de Severo, quien siempre les encontraba utilidad. Inventó lo que él llamó «El guiso de los doctores». Cortaban pechos y caderas en pequeños cubos y de todo ello salía una comida exquisita. El resto no aprovechable de las muertitas iba a parar al pozo, juntamente con grandes bloques de cal viva. También había triunfos, naturalmente. Unas pocas chicas salían del encierro totalmente bobas y listas para trabajar. Fieles a sus costumbres, los tres inseparables las hicieron suyas durante varios días antes de entregarlas a las fieras.

Al principio el negocio marchó muy bien. Los clientes estaban encantados con esas muchachas tan raras y sometidas, que no protestaban les hiciesen lo que les hicieran. El problema empezó al año más o menos, cuando la totalidad de los aldeanos (hombres y mujeres) contrajo la sífilis. Desesperación y furia. Entonces tuvo lugar una escena que hemos visto muchas veces en el cine con las películas basadas en la historia del doctor Víctor Frankenstein. Una noche los furiosos aldeanos salieron todos juntos, empuñando antorchas y horquillas, y el Castillo del Placer ardió por los cuatro costados. Las zombis serían muertas que caminan, si a usted se le antoja, pero era cosa de oír cómo gritaban.

En realidad los aldeanos fueron bastante injustos. De la sífilis no podían culparse más que a sí mismos por ir a un prostíbulo. Buscaron a los «doctores» por todos lados con el objeto de enterrarlos vivos, pero hasta eso había sido previsto por nuestro genio Severo: un túnel secreto y larguísimo llegaba hasta las afueras de la aldea y allí los esperaban los carromatos.

—Maestro, Maestro… —dijo Piadoso muy compungido y luego que se hubieron puesto en seguridad—, ya ve que es inútil querer reformarse. Uno está marcado y no lo dejan.

—Es cierto —homologó Severo.

—Ahora yo digo, no, se me ocurre —terció Angélico—, ¿y si fundamos una posada, donde el plato fuerte sea «El guiso de los doctores»?

—La idea no es mala, en principio —comentó Severo—. Pero el problema es siempre el mismo: no es fácil conseguir materia prima.

Pero Angélico no aflojaba así nomás.

—¿Y si nos casamos y tenemos muchos hijos?

—Nooo: la demanda siempre va a superar, con mucho, a la oferta —dijo Severo—. Además habría problemas con las madres: siempre se encariñan con la cría, etcétera.

Piadoso preguntó:

—¿Y si fundamos un asilo de huérfanos?

—Tampoco —desaprobó Severo—. Los huérfanos nunca son tantos y además hay mucha vigilancia. No. Imposible. Mucho me temo que nos veremos obligados, nuevamente, a ser doctores en vampirismo.

Y así lo hicieron, los tres, aunque desilusionados y bajo protesta.

Ésta fue la manera como, luego de muchas y productivas aventuras, cuatro años más tarde nuestros bienaventurados monstruos llegaron a una aldea de Baviera. Los aldeanos eran raros, casi no hablaban y estaban poseídos por el temor. Les extrañó mucho que después de vaciar a las primeras chicas nadie viniese a consultarlos. Ni siquiera los padres de vampirizadas ricas.

—Aquí las chicas son muy lindas —comentó Severo—, pero mucho más interesante es el dinero. Si siguen sin pedirnos ayuda, en cuatro días nos vamos.

Esa noche dieron con una víctima lindísima. No parecía una suicida. Más bien semejaba una idiota bien dispuesta. Se desnudó sola, sin necesidad de que le arrancasen la ropa. Sólo dijo:

—No me lastimen, por favor.

Transmitía una onda increíblemente erótica.

Empezaron. Pero mientras más se lo hacían, más necesitaban hacérselo.

Mucho más tarde descubrieron que nadie, ningún hombre, puede tener tantas relaciones seguidas con una mujer. Estaban tirados en el piso, sin una gota de energía. No podían moverse. Indefensos por completo.

Ella se les rio en la cara y les dijo:

—Aldeanos supersticiosos, ¿cierto? ¿Saben por qué aquí nadie les pidió ayuda? Porque sabían que iba a ser inútil. Después de todo los felicito: vivieron varios años sacando partido de la leyenda. Pero siempre llega la hora de pagar.

Estaba muy enojada. Que no creyeran y además se burlaran lo tomó como una falta de respeto. «Pecadillos» como zombis y guisos la tenían sin cuidado. No era lo suyo.

Sí. Ella era una «leyenda» con muchos caninos, felinos y molares. Chiste esquizofrénico. En realidad, quisimos señalar su boca dotada de incontables dientes. Hasta un cocodrilo se habría asustado. Con lentitud, casi con delicadeza, los mató a los tres

domingo, 5 de marzo de 2017

Dragón Rojo - Thomas Harris


Nombre: Dragón Rojo
Autor: Thomas Harris
Genero: Suspenso / Thriller
Paginas: 448

Reseña

En la novela vamos a conocer a un detective retirado del FBI llamado Will Graham. Él se encuentra en su hogar disfrutando su retiro junto a su familia disfrutando la paz que esto conlleva, alejado de peligros y riesgos. Hasta que un día llega uno de sus ex compañeros, llamado Jack Crawford, Él su encuentra desesperado y por eso recurre a Will, pidiéndole que lo ayude, debido a que dos familias en los Estados Unidos han sido asesinadas de forma brutal, la Policia junto con el FBI no pueden resolver este crimen, no tienen pistas, indicios y la investigación se encuentra sin pies ni cabeza. Por eso, su antiguo compañero, Jack Crawford, decide contar con la ayuda de Will por última vez, para resolver estos desesperantes crímenes. 

Es el primer libro que leo de Thomas Harris y la verdad es que he quedado encantado con el autor. Su narrativa es limpia, prolija y sumamente interesante, nos sume en la historia rapidamente y detalla todos los sucesos con una excelente descripcion e información que no se hace para nada pesada e inconclusa. Destaco del autor que es capaz de contarnos varias cosas a la vez, hacer el paralelismo en las historias y hacer el libro completamente llevadero. Es un thriller, en mi opinión, excelente, no le encontré puntos negativos en ninguna parte. Lo recomiendo para aquellos que deseen leer una buena novela de suspenso, bien escrita y con un argumento que nos hará exprimir el cerebro hasta el último minuto.

Calificación: 5/5

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